Encuestas electorales. ¿Encuestas reales?

recorteA las puertas de la primera de las citas electorales de este 2015, los estudios e informes estadísticos se disparan. Encuestas ofrecidas por consultoras y agencias ocupan el centro de atención de quienes viven de la actividad política y sus resultados se han convertido en noticias de primera plana en los distintos medios de comunicación.

Pero indudablemente las encuestas electorales son altamente cuestionadas. Partimos de la base de que en muchas de ellas las personas entrevistadas tienen una idea poco clara de lo que se les pregunta o se reservan la verdadera respuesta, pese a lo cual contestan y sus respuestas influyen en esos resultados finales. El grado de veracidad que hay que concederles, pues, es relativo por varios motivos.

En primer lugar, una encuesta ofrece información sobre la opinión de la sociedad, pero sólo de una parte de esa sociedad que no tiene por qué ser la más representativa. Su fiabilidad se sustenta en la “Ley de los grandes números”, según la cual lo probable tiende a coincidir con lo que finalmente sucede. Pero no siempre es así. Las encuestas también se equivocan y su error está en la predicción al hacer una interpretación errónea de los resultados. Así lo hemos podido comprobar a lo largo de la historia de la Democracia. En las elecciones generales del 1993, según encuestas hechas a pie de urna, se daba como ganador al PP, con José María Aznar a la cabeza. El resultado y la historia fueron otros: Felipe González siguió en el poder. Por su parte, en las generales de 1996, Aznar derrota al líder socialista, pero no por mayoría, como vaticinaron las encuestas. El PP ganó sólo por un punto de ventaja. Las elecciones catalanas de 2012, las andaluzas del mismo año o las europeas de 2014 –cuando el fenómeno Podemos irrumpió en el panorama político- son algunos otros casos de deformación de los resultados electorales.

¿Y por qué se desvirtualizan los datos? Porque las encuestas se basan en métodos que provienen de las ciencias naturales y de la tecnología, y cuando dichos métodos se aplican al terreno de las ciencias sociales aparecen las dificultades. Como cualquier otra teoría científica, las encuestas son termómetros que indican la temperatura únicamente del momento en el que se hace la medición. Una encuesta realizada hoy, proporciona resultados sobre el estado de situación de este momento puntual, resultado que se difundirá mañana, para predecir lo que ocurrirá en el futuro. Así de complicado. Analicen ustedes mismos el error que esto conlleva, teniendo presente que la opinión pública cambia con el tiempo y que muchas veces lo hace a muy corto plazo.

Viñeta de Vicente García Nebot.

Viñeta de Vicente García Nebot.

Y si a todo esto le sumamos el grado de falsificación, de distorsión y de invención de algunos resultados, la veracidad de las estadísticas quedará en entredicho. En ocasiones, las encuestas dejan de ser un elemento científicamente fundamentado que interpreta la realidad para convertirse en una herramienta de propaganda política. En campaña, cada candidato tiene sus propias encuestas que lo postulan en primer lugar. ¿Cuál de todas ellas dice la verdad? ¿Cuál es la que mayor influencia ejercerá en el electorado? Pues dependerá mucho del papel que desempeñen algunos medios de comunicación, que publicitan las encuestas sin preocuparse del valor científico o que las difunden respondiendo a intereses políticos particulares.

En definitiva, las encuestas electorales tendrán un valor real sólo si los resultados son utilizados de manera científica y correcta. Todo lo demás son sentimientos y opiniones sacadas de la calle. Tal y como dijo Napoleón, “la única razón práctica para hacer una encuesta es obtener información que ayude a ganar elecciones”, porque, sin duda, la mejor encuesta, la única encuesta veraz, es la que se obtiene de las urnas.

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