La virginidad del político

barro-2Como si del mismísimo Prometeo se tratara, no hay nada mejor en consultoría política que hacerte con un candidato virgen al que moldear y esculpir conforme a los principios que mandan los sagrados cánones. El primero que tuve en mis manos llegó en el estado más puro que un político debe o debería tener, rebosante de humildad, pero con el coraje y la valentía suficientes como para dar un paso al frente y devolver a la sociedad lo que a lo largo de los años ésta le había ido dando.

Llegó teniendo claro de dónde venía y cuál era su objetivo y ésta fue nuestra máxima mientras forjábamos aquél que fue su primer y gran proyecto. Ante todo no perder su identidad, ésa que le definía como ser humano, que le permitía mantenerse firme en sus principios y hacer alarde de los valores que le habían inculcado.

Coraje, valentía, humildad pero con muchos miedos a enfrentarse a grandes auditorios. Como político al servicio del ciudadano, siempre tenía la responsabilidad de responder ante alguien y de algo, y el miedo escénico lo engullía. Debía persuadir, cautivar, incluso enamorar con razonamientos válidos y fundados en valores, haciendo un impecable uso de la palabra. Nada de trucos ni de obviedades. Con entrenamientos y mucho trabajo, conseguimos ir puliendo esas cualidades innatas y otras adquiridas hasta conseguir la mayor pulcritud en sus discursos.

Porque un buen político nace pero también se hace. Ese carisma, esa aptitud innata para unos, también se puede adquirir cuando se tiene la actitud correcta. A lo largo de nuestra democracia hemos visto políticos con carisma, como Felipe González, que pasará a los anales de la historia. Otros que a priori nunca lo tuvieron y resultaron ser algo más que carismáticos, como José María Aznar. Y otros que ni lo son ni llegarán a serlo. Pero ésa no es la cuestión. Lo que es evidente es que con el carisma naces, pero también te haces.

Y lo conseguimos. Conseguimos tratar la materia prima, moldearla adecuadamente y crear un político sencillo, cercano a los ciudadanos. Un verdadero político, de esos que hacen alarde las tres haches: las de humildad, la de honradez y la del sentido del humor. Un político que además reunía las cualidades que se presuponen en el candidato perfecto –credibilidad, experiencia y honestidad– y que no siempre señalan al aspirante que se hace con las urnas. Conseguimos que mostrara su mejor lado, pero sin disfrazarse.

Por personas como él, creo en la política y creo en los políticos, porque sé que las generalidades no nos conducen a ningún sitio; porque sé que quedan políticos buenos, muy buenos profesionales, interesados por el bien común más que por el propio; y porque sé que se puede evolucionar sin perder esa virginidad original.

 

 

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2 respuestas a La virginidad del político

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