Don Juan Carlos, punto y seguido

Fuente: Mundiario

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Treinta y ocho años han pasado desde ese primer discurso de Navidad que pronunciara el rey tras la reciente muerte del anterior jefe de Estado. Corría el año 1975. Don Juan Carlos, acompañado de la reina y de sus hijos, hacía un llamamiento a la paz, a la unidad, al amor y a la familia, tópicos que se han ido repitiendo año tras año.

Hasta este momento, el escenario ha ido cambiando como también lo ha hecho el mensaje y el tono del monarca. La familia real no está atravesando por uno de sus mejores momentos y la expectación por escuchar este año a su majestad era máxima. Cronistas que se han empeñado en escribir el discurso que el rey debería pronunciar. Apuestas varias que han protagonizado tertulias y foros de debate sobre qué hablaría el monarca y qué asuntos preferiría obviar. Y, como suele pasar en estos casos, no ha llovido a gusto de todos. Detractores y aduladores han salido a la palestra desgranando e interpretando tan esperada alocución, si bien es cierto que la gran mayoría ha coincidido en que ha sido discurso claro, comprensible y muy directo. Lo que sí es obvio es que a nadie le ha resultado indiferente.

No sé si ha sido el discurso más importante, pero sí uno de los más difíciles pronunciado hasta el momento, dada la situación actual de crisis y de desafección ciudadana. Don Juan Carlos ha abordado sin medias tintas lo que ha sido el año 2013: efectos de la crisis (parados, desahuciados, autónomos…); recuerdo a las víctimas del terrorismo tras la derogación de la doctrina Parot; Constitución y democracia ante el desafío separatista de Cataluña; actualización de los acuerdos de convivencias; falta de ejemplaridad en la vida pública; y, ante la deseada abdicación por parte de muchos, continuación y compromiso del monarca por seguir al frente de la nación.

El importante deterioro mediático que ha sufrido la corona ha obligado al monarca a cuidar escrupulosamente las palabras utilizadas y así, ataviado con su traje de Jefe de Estado y sintiéndose partícipe del devenir nacional, ha pronunciado un discurso de algo más de 12 minutos en el que no han faltado las formas estilísticas y retóricas utilizadas por un buen orador: eufemismos, aliteraciones, paralelismos, enumeraciones… Todo ello, en consonancia con una buena modulación de la voz y con unos escasos pero significativos gestos, ha logrado una las mejores actio del monarca. A diferencia de otras ocasiones, el rey ha seguido el teleprompter sin desviar en ningún momento la mirada hacia el discurso que tenía sobre la mesa.

Pero para que los argumentos alcancen su objetivo, máxime en una época altamente tecnológica, es imprescindible que la perorata vaya acompañada de una alta definición de imágenes, de una gran viveza del color y de un marco escénico impoluto. Y casi se ha conseguido. Imágenes de primeros planos nítidas y claras que, a pesar de los años y del evidente deterioro físico del rey, han puesto de manifiesto la serenidad y el aplomo que han acompañado al monarca en esta ocasión. Color, el rojo, como símbolo de poder, de vitalidad, de optimismo, de coraje, de valentía… Valores y virtudes necesarios para superar todo tipo de adversidades. Y sentado al otro lado de una mesa, flanqueado a derecha por un Misterio y a izquierda por una foto de la reciente reunión con la Asociación de Víctimas del Terrorismo, hubiera sido un marco escénico perfecto, salvo por el detalle de las banderas, cuya colocación falló, pasando a ocupar la bandera de Europa el lugar de máxima preeminencia frente a la de España.

En definitiva, un discurso meditado, sereno y realista; con un mensaje perfectamente estructurado, que ha querido poner el acento más en lo que nos une a todos los españoles que en lo que nos separa;  marcado por un estilo directo y sin demasiados adornos; un discurso trabajado y con una de las mejores puesta en escena por parte del monarca.

Después del discurso, la vida continúa. La Monarquía, también.

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