La Oratoria a debate

“De todos los talentos concedidos al hombre, ninguno es más preciado que el don de la oratoria. Quien lo detente, esgrime una cualidad más perdurable que la de un gran rey.”
Winston Churchill, The Scaffolding of Rhetoric.

 

Es innegable que la sociedad en la que vivimos nos exige hacer un uso adecuado de la lengua como instrumento indispensable para conseguir nuestros objetivos. Si queremos hablar bien, necesitamos conocer las técnicas de persuasión y las habilidades argumentativas necesarias para conseguir nuestros objetivo. Desde pequeños aprendemos una lengua y vamos articulando los sonidos que hay que ejercitar y practicar para hablar en público.

El arte de hablar bien se aprende. ¿Pero cómo? Dominarlo es mucho más serio que aprender una serie de consejos más propios de la literatura de autoayuda que de la literatura científica, con todos mis respetos a una y otra. Llevo tiempo viendo cómo distintos ‘profesionales’ venden un variado -jornadas, talleres, cursos, charlas- sobre técnicas para hablar en público. No voy a entrar a discutir aquí el trabajo de esos ‘profesionales’, porque carezco de evidencias que lo constaten, pero mucho me temo que lo que se enseñan son cosas muy distintas a las técnicas de oratoria.

En lo que sí me voy a detener es en quienes pretenden enseñar a hablar en público a través de un ‘Curso de debates’. No, no es lo mismo. Ambas disciplinas, si bien es cierto que comparten numerosos aspectos, también es cierto que exigen técnicas distintas y, por favor, no mezclen unas con otras. Hay quien puede hablar perfectamente en público y no tener la destreza de un debatiente. Otros que, formados en técnicas de debate, son el número uno debatiendo, pero carecen de habilidades oratorias. Y puede que haya alguno que haga bien las dos cosas. Lícito todo ello, pero me opongo a que se enseñe a hablar bien en público con un curso de ‘Técnicas de Debate’. Me opongo y no porque yo lo crea, sino porque es así.

Guillermo Sánchez Prieto, perfecto conocedor del tema, en su libro Educar en la palabra, define el debate como “cualquier proceso de intercambio dialéctico entre dos o más partes que tenga como objetivo el voto favorable o aprobación de un tercero”. Esta definición me bastaría para dar por zanjado el tema, porque hablar en público no siempre es una lucha dialéctica entre dos oponentes, pero no lo voy a hacer aún.

Debatir es aprender a argumentar, a razonar, a improvisar. Debatir te obliga a preparar una intervención cuasi encorsetada, perfectamente reglada y temporalizada, con una estructura establecida; con exposiciones, refutaciones y conclusiones; con posturas a favor y en contra; con jueces y jurado. Debatir te obliga a expresarte con propiedad a la hora de defender tu postura, pero ¿pueden decirme cuántos debatientes han ojeado y hojeado la Rethorica ad Herenium? ¿Cuántos han leído Brutus, De oratore u Orator de Cicerón? ¿Cuántos han leído alguno de sus discursos (In Verres, In Catilinam, Pro Archia poeta, Pro Ligario…)? ¿Quién ha aprendido a ser un “vir bonus peritus dicendi“ con Quintiliano y su De Institutione oratoriae? ¿Conocen qué son los officia oratoris y los genera causarum?

Esto es Oratoria. Esto es hablar en público con propiedad. Ahora decidan si desean aprender a debatir, a hablar en público con propiedad o las dos cosas. Aprendan las técnicas adecuadas para debatir y las necesarias para hablar en público, pero llamen a cada cosa por su nombre. No se dejen engañar.

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La inutilidad del sufrimiento

Con estas palabras titula M. J. Álava Reyes una de sus obras de referencia que nos enseña a vivir de manera positiva; que nos invita a exprimir cada instante de nuestras vidas; y que nos recomienda alejarnos de todos esos pensamientos negativos que condicionan nuestros sentimientos y nuestras actuaciones.

Portada del libro de María Jesús Álava Reyes, La inutilidad del sufrimiento.

Dice la psicóloga que, a lo largo de nuestra vida y sin que nos demos cuenta, repetimos conductas, rutinas, hábitos…. que nos hacen sentirnos mal, pero que nos resulta imposible evitar. Imposible, hasta que aprendemos a dialogar con franqueza y a sentirnos seguros de nosotros mismos.

Pues muy al contrario de lo que parecen haber sentido sus señorías, como ciudadana, debo confesar que, inútilmente, he experimentado mucho sufrimiento durante las más de 16 horas que ha durado el Debate de la Moción de Censura presentada por Podemos. Esas conductas, esas rutinas, esos hábitos cada vez más comunes que los diputados están adquiriendo en la Cámara Alta me hacen sentir muy mal.

He sufrido porque me duele que en el hemiciclo haya tanto odio, tanta falta de respeto, tanta soberbia, tanta arrogancia, tanta prepotencia… Que sea esa la imagen que nos quede de todos aquellos que dicen ser nuestros representantes… ¡Me duele!

He sufrido porque, dadas las circunstancias, que se despilfarre el dinero de las arcas públicas y se malgaste el tiempo de los 249 diputados que han estado escuchando no sé muy bien qué, en lugar de buscar cómo mejorar la situación socioeconómica de este país de una vez por todas… ¡Me duele!

He sufrido porque se están comenzando a prostituir los que deberían ser los organismos democráticos más sagrados. Una moción se presenta cuando se tiene la garantía de que va a prosperar. En esta ocasión, de sobra se sabía que no iba a ser así. Es más, el rechazo estaba garantizado. Aun así, se ha utilizado el hemiciclo como un escaparate desde el que, con el resto de las señorías a sus pies, cada orador ha declamado, inútilmente, a su gusto y antojo. Este sinsentido… ¡Me duele!

Pero, sobre todo, he sufrido porque creo en la Política y en los Políticos. Trabajo por, para y con ellos, porque creo que son un bien necesario que deben facilitar y propiciar el buen funcionamiento de un país.

Así lo creo, pero esta política y estos políticos… ¡Me duelen!

 

 

 

 

 

 

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Un Triunvirato para Ferraz

Allá por el siglo I a.C. y fruto de la alianza de tres (trium-) hombres (vir), surge en la Antigua Roma una forma de gobierno ejercido por tres personas a la vez, el Triunvirato. Con César, Pompeyo y Craso se firma de manera tácita el primero y Octavio, Lépido y Marco Antonio conforman oficialmente el segundo. Envueltos entre inspiraciones y conspiraciones, el primero terminó con el asesinato de César y el segundo con el dominio absoluto de Augusto en el mundo romano. De la República al Imperio. Sea cuales fueren los motivos, lo cierto es que el afán de poder y dominio sobre el mundo terminaron con las alianzas preestablecidas, que se presuponían necesarias para consolidar el gobierno de las instituciones.

Algo parecido es lo que está ocurriendo en estos momentos en el PSOE, aunque con dos diferencias –entre otras muchas- más que evidentes. Una, que la terna está formada por dos hombres y una mujer; y dos, que lo que se presuponía debería ser una alianza, se presenta en sus orígenes como una lucha a cielo abierto.

Dos hombres, Pedro Sánchez y Patxi López, cada uno con su peculiar trayectoria, y una mujer, Susana Díaz, que parece ser la candidata idónea para la Secretaría General del Partido y que tendrá como púgil directo a Pedro Sánchez. Ese hombre, para cuya campaña a las primarias el aparato del partido pedía en Andalucía cuotas voluntarias, ahora se ha convertido en el principal rival a batir por Susana Díaz. Ese hombre, a favor del cual remaba en las primarias, ahora es el enemigo que hay que derribar, porque Patxi López parece estar fuera de la quiniela.

No deja de ser, cuando menos, curioso que quienes un día fueron sus cadáveres, hoy apoyan a pecho descubierto la candidatura de Susana Díaz. La andaluza mostró su apoyo a Carme Chacón frente a Rubalcaba y, posteriormente, propició la candidatura de Pedro Sánchez en las primarias frente a Tapias y Eduardo Madina –pupilo de Rubalcaba-. Pero no pasa nada. No hay escrúpulos. Susana ha presentado sus credenciales en un acto arrollador en IFEMA, rodeada y arropada por los dirigentes históricos del partido, los del pasado y los del presente, los “de siempre”. Porque el fin último es “volver a ganar el país”, todos juntos, unidos y reconciliados. (Se cierra el telón)

En fin. En esto se ha convertido la historia del partido, en un tratado de lucha por el poder, en un ‘a ver a quién devoro’ o ‘por quién me dejo devorar’. Lo cierto es que ya no se respetan las amistades anteriores, los lazos de afecto, el luchar por una única causa. Ya no.

Es así de cruel, pero es lo que tiene la lucha por el poder.

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¡Que Dios te bendiga, Presidente!

“En mi comienzo está mi final”, decía T. S. Eliot, y el de Barack Obama ha llegado. Después de ocho años de mandato, el presidente saliente de los Estados Unidos abandona la Casa Blanca y se ha despedido como acostumbra a hacer en sus apariciones, con una extraordinaria pulcritud, en el más amplio sentido de la palabra. “Encontrar algo que decir”, afirmaba Bernbach, “es el comienzo de cualquier proceso de comunicación, pero cómo lo digas hace que la gente atienda, escuche y cambie de opinión”. Sin duda, Obama ha dado buena cuenta de que es un orador cultivado, en el que concurren los tres objetivos que todo orador que se precie debe perseguir: docere, delectare et movere.

obamaDirecto, locuaz, elegante, brillante, con carisma, sabe elegir en cada momento las palabras adecuadas; sabe estructurar su discurso, haciendo uso de las figuras retóricas que lo embellecen;  y sabe proclamarlo con absoluta claridad. Epítetos, paralelismos, anáforas, repeticiones, eufemismos… Todo ello, acompañado de una equilibrada comunicación no verbal que hace que sus gestos, su mirada, su apariencia y su voz hagan creíble cada una de las palabras que pronuncia.

En su despedida, Obama no nos ha defraudado. Ha pronunciado un emotivo discurso en el que el ‘yo’ del presidente saliente se ha fundido con el ‘nosotros’ del pueblo americano. No han faltado las alusiones a los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América y a todo el legado que se ha trasmitido generación tras generación: solidaridad, igualdad, prosperidad, libertad, esperanza… Pero tampoco han faltado las lágrimas, esas lágrimas de ternura que reflejan las expresiones más íntimas de nuestros sentimientos y que Obama ha derramado al mirar a su mujer, esposa, madre y amiga. Lágrimas de agradecimiento a Michelle, a sus hijas, a su vicepresidente y amigo, a su equipo y a todos los ciudadanos americanos que un día creyeron y apostaron por él.

Me reafirmo en las palabras que un día escribí en una entrada de este blog, El Cicerón americano. Barack Obama es el ‘novus homo novus’ del siglo XXI, sencillo, que habla desde el corazón; ese que hace florecer las emociones más profundas; ese que sabe empatizar con padres e hijos, ricos y pobres, sin importarle el color de la piel, la raza o la nacionalidad. Barack Obama es y será por siempre el eterno Cicerón americano.

¡Qué Dios te bendiga, Presidente!

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De amores y desamores, filias y fobias, encuentros y desencuentros…

Así es de la vida. Llena de contradicciones y confusiones, de situaciones complejas, vagas e imprecisas, que no producen sino desorden y desconcierto. Así es como nos sentimos los millones de españoles que seguimos el debate con los cuatro candidatos a la presidencia. Un debate que, por histórico, se presumía distinto, novedoso. Un debate que había generado expectativas entre los ciudadanos. Un debate que tan sólo se quedó en eso: en presumir y en generar, porque se desarrolló sin sorpresa alguna, todo dentro de un guión establecido.

lo queSiguiendo los consejos de sus equipos, los candidatos reprodujeron casi a la perfección las estrategias marcadas por sus asesores. Mariano Rajoy tenía que demostrar que la experiencia es un grado y que ver los toros desde la barrera es tarea fácil. Lo difícil es enfundarse el traje de luces y salir a dar capotazos. Y con capotazos fue sorteando los leves, muy leves, ataques que le lanzaron sus adversarios en torno a la corrupción. El más valiente, el que consiguió cambiar el ritmo del debate, fue, sin duda, Albert Rivera, un Albert Rivera que había sido adoctrinado para controlar ex profeso su comunicación no verbal: sus gestos, sus ticts, su nerviosismo. Lo tuvo fácil con la ayuda del atril que producción decidió incorporar como elemento de apoyo. Un atril que también protegía la desconocida imagen de Pablo Iglesias. El líder de Podemos, que nos tiene acostumbrados a un formato de ‘político enfadado con el mundo’, agresivo y bronco, nos sorprendió con un tono suave, pacífico, casi soporífero. Su objetivo principal era terminar con esos miedos que ha despertado su partido y captar a un público muy diferente al suyo. El 26J sabremos si esta imagen de socialdemócrata moderado le ha servido de algo. Y por último, Pedro Sánchez, que si en algo están de acuerdo todas las encuestas es en que fue el único perdedor. No consiguió su objetivo de mostrarse como la clara y única alternativa a los populares. Dudó en quién era su verdadero adversario y su actitud, en ocasiones prepotente, le llevó incluso a llegar tarde a su cita. Desaprovechó esa gran oportunidad a la que otros, sin embargo, supieron sacarle partido.

question-markNo obstante, hay que decir que, aunque fuera un debate encorsetado, sí fue debate. Un debate moderado, pero mejor que los vistos hasta ahora, con sus réplicas y dúplicas, con sus moderadores –tres, ni más ni menos- que apenas tuvieron que intervenir. En definitiva, un debate políticamente correcto, nunca mejor dicho.

Pero la incógnita sigue estando en el mismo sitio que hace seis meses ¿Quién pactará con quién? ¿Será solo para la investidura? ¿Será para gobernar? ¿Qué pasará con el PSOE? ¿Terminará cayendo en manos de Podemos? Esto es lo realmente importante después del 26 de junio, saber cómo se van a comportar los partidos sin mayorías.

Esperamos ansiosos que esta sea la definitiva y que los máximos dirigente políticos continúen el debate detrás de bambalinas; que el debate llegue a buen puerto; y que, cuando la obra haya concluido, no caiga un telón de acero que separe algo más que la política y las ideologías.

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Discursos políticos del siglo XXI: de la elocutio a la inventio*

Discurso de Marco AntonioSi tuviéramos que definir de algún modo el discurso político, diríamos que es una potente herramienta que tiene el candidato para darse a conocer y poner de relieve su posición y sus propuestas frente al electorado. Se trata de todo un conjunto de estrategias de las que el orador hace uso para influir en la actitud del auditorio, porque, no olvidemos, el fin último es persuadir.

Decía Cicerón que “igual que la inteligencia es la gloria del hombre, así también la elocuencia es la luz de la inteligencia” y esto hizo que el mecanismo retórico de construcción de los distintos tipos de discurso se redujera a la atención exclusiva de la elocutio. En ella confluían las demás operaciones retóricas y en ella es en donde el perfecto orador demostraba su talento. Contenido y persuasión del contenido se realizaban en la forma discursiva. Fondo (res) y forma (verba) conformaban una unión indisoluble y como si de un exquisito manjar se tratara, cada discurso se cocinaba, se aderezaba con los mejores ingredientes y se dejaba macerar y reposar hasta ser servidos en bandeja de plata.

En pleno siglo XXI, en donde el ejercicio de la política se somete a procesos horizontales y transversales que propician una democracia participativa desconocida hasta ahora, decidir lo que se va a decir es de suma importancia. De ello se encarga la inventio, de establecer y seleccionar los contenidos del discurso, y ahora que los líderes retuercen sus posturas y afirmaciones, que antes parecían sólidas, se presentan como contradictorias, ahora hay que delimitar el asunto sobre el que se va a hablar y elegir bien los medios para convencer al electorado: utilizar la argumentación y demostración, para probar lo que dice; tratar de ganarse a la ciudadanía, apelando al sentimiento; o apelar a la pasión y suscitar odio o piedad.

ciceHoy, más que nunca, importa centrarse en el qué antes que en el cómo y así es como lo han entendido los nuevos políticos, que han dejado de lado ese ornatus elocutivo, ese elenco de cuestiones relacionadas con los procedimientos del lenguaje y del estilo, para reflexionar y extraer las ideas contenidas en el pensamiento, adecuadas a cada contexto y situación. Los políticos tradicionales trataban de obtener votos mediante la utilización de dos técnicas básicas: el conocimiento personalizado de su electorado y la elocuencia. De esta manera, el candidato elocuente que conocía a su público arrancaba aplausos y ganaba adhesiones. Hoy, los aplausos se venden más caros y no basta con revestir el mensaje con las mejores galas, sino que es necesario que el propio mensaje sea de gala, equilibrado, para que resulte lo más creíble y objetivo posible.

¿Inventio? ¿Elocutio? ¿Inventio y elocutio? Indudablemente, el principal objetivo es el dominio del lenguaje, de las palabras, que después habrá que adornarlas y embellecerlas para que su aspecto sea atractivo y acomodado al contenido. Es, pues, tan básica como necesaria la relación entre ambas para elaborar ese discurso político que obedece a una intención comunicativa, que tiene un trasfondo que lo justifica, una forma que lo materializa y un receptor al que va dirigido.

*Artículo publicado en el nº 5 de la Revista ACOP, Usos, dificultades y peligros del pop-rock en comunicación política.

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